dimarts, de desembre 19, 2006

La cultura de las "galletitas de la suerte" y los azucarillos

Las sociedades actuales (o algunas de ellas), en su intención de vigilar la libertad de creencias y el carácter laico de los estados, elaboran leyes que intenten garantizar estos derechos, aunque una cuestión que no pretendo abordar es si lo consiguen o no, o si estas leyes son suficientes o excesivas. Vuelvo a repetir que no es mi intención analizar estas leyes, o los derechos de los ciudadanos a tener las creencias que estimen oportunas (o a no tener ninguna), pero pienso que el espíritu de estas normas es honesto, y determinadas interpretaciones se escapan de ese ánimo (quiero decir, cargarse un belén que habían hecho unos alumnos en un colegio de Andalucía me parece una barbaridad, y diría lo mismo si lo que se hubiesen cargado fuera una muestra de las celebraciones que hacen por estas fechas o por otras las comunidades musulmana o judía)
Bueno, a lo que iba. Evidentemente, ahora el estado no obliga a creer en Dios, ni en Alá, ni en dios alguno, pero, ¿cómo vivimos esa "no obligación", esa libertad? Creo que en general la lectura de esta laicidad es positiva, y no se persigue a nadie por creer o por no creer (y si se persigue, ahí están las leyes). Sin embargo, a veces tengo la impresión, por lo que veo en algunos comportamientos, de que hay colectivos que "echan de menos" creer en algo. Recuerdo cuando iba a clase de religión a mis 14 años cómo el profesor nos decía que el ser humano necesitaba creer en algún ser por encima de él, y añadía que las sociedades que habían eliminado las creencias religiosas, en su opinión, substituían esa idea de dios por la divinización de otros elementos, como "el trabajador del mes" o "el camarada presidente". He de añadir que en esa época la mayoría de nosotros éramos prosoviéticos, así que el comentario del profesor caía en el cesto de las cosas poco importantes.
Bien, pues ahora pienso que algunos ciudadanos caen en esa misma mitificación de la banalidad. ¿Qué quiero decir, con esas palabrejas? Quiero decir que parece que hay personas que necesitan reponer el hueco que ellos mismos han creado. Me da la impresión de que se ha substituído por parte de algunos las palabras del profeta Mahoma, o las de Jesucristo, o las del Buda, o ninguno de los anteriores por una especie de cóctel del "vale tudo" en el que cabrían todo ese conjunto de expresiones del "sé agua, amigo", "El mejor truco que el diablo inventó fue hacerle creer al mundo que no existía" y mamarrachadas por el estilo, con las que se escondería la vacuidad de pensamiento o el encefalograma plano. "Si quieres lanzar una flecha con precisión, imagina que eres la flecha". Pues vale. Esto sin contar esa visión de algunos que hacen de la "gente guapa" como si fuesen dioses, incluyendo personajes con la sangre de "otro color". ¿Ahora Dios o Mahoma veranea en Marbella? A veces creo que la nueva Biblia algunos la buscan en esas "galletitas de la suerte" tan de moda en algunas películas americanas, esas que contienen una frase corta y con poco sentido que pretende ser una nueva guía del comportamiento del buen creyente. "No desprecies a la serpiente...". Este tipo de frases ya aparecían en "La Frontera Azul", una serie de televisión de los 70 que versioneaba el mito de la caja de Pandora. Ya entonces me parecían con poco sentido. Cuando el sábado almuerzo con mis amigotes, ya me doy una ración de esa nueva Eucaristía, al leer los azucarillos tan llenos de frases lapidarias que conseguirán salvar mi alma (y la de la empresa de los azucarillos, seguro). Como además esa filosofía nueva no exige ningún esfuerzo, pues mejor.
¿Esto es de lo que hablaba Nietzche con lo de la muerte de Dios? Pues para este viaje no hacía falta esas alforjas. El número de personas que citan a Sun Tzu es inversamente proporcional al número de los que no han leído su "El arte de la guerra", a juzgar por las memeces que dicen (ellos, no Sun Tzu). Lo mismo para Confucio
En resumen, que cada uno crea en lo que le dé la gana. Quien quiera, que crea en Dios, o en el Buda, o en Mahoma, y que le vaya bien. El que lo prefiera, que no crea en nada. Da la impresión de que en nuestra obsesión por aparentar que somos modernos, tenemos que justificar ser o no ser cristianos, musulmanes, o lo que sea. Por favor, que alguien se fije en que esos nuevos vellocinos, esos nuevos dioses, ni son de oro ni lo parecen. Y un poco de sentido común. Que cambiar una religión, que puede que no nos convenza, por la frase fácil lleva a lo que tenemos. Y para eso, yo ya me quedo como estoy.

1 comentari:

Carlos ha dit...

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No es este un libro políticamente correcto y mucho de lo que aquí se expone choca frontalmente con lo que es aceptable hoy en día.

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